Y ahora ¿qué?
El monstruo ha salido de debajo de la cama. Se ha ido y no va a volver. Pero yo me quedo con la desazón, con esas lágrimas saladas que tienen el tinte rojizo de esa sangre que quiso permanecer dentro de mí, pero que yo obligué a salir afuera. La herida está abierta, supura miedo y dolor y tristeza, y llora porque no recuerda cómo era la piel antes del corte. Y ahora llueve, y va a llover durante toda la guerra. Espero que pronto florezcan los almendros para volver a ver la belleza del mundo, hoy he visto uno. También un rayo de sol. Se acerca el fin de la oscuridad, si bien voy a permanecer en ella durante la guerra. Voy a estar en la penumbra, voy a pensar, voy a gritar y gritarme. Pero no me voy a consumir, no esta vez. Voy a estar bien, eso espero. Siempre hay que esperar. Siempre, siempre, tiene que ver con el tiempo. El tiempo que duró, y el tiempo que voy a tardar en ver los almendros. Pero el tiempo es poderoso, lo cura todo, incluso las heridas más profundas, más sangrantes y más dolorosas. El tiempo, junto con la música, los almendros en flor y ellos, todos ellos, hacen que finalmente el sol siempre salga y solo queden las cicatrices de la batalla que no gané, sino que ganamos.

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