Horas muertas

Supongo que resulta evidente que me gusta hablar sobre el paso del tiempo. El tiempo me fascina. Tan pronto va a la velocidad de la luz, como se convierte en una ridícula tortuga. Me encantaría poder controlarlo a mi antojo para poder disfrutar largo rato de lo que me gusta, y pasar rápidamente de lo que no.
Pero la vida y su tiempo no son así.
Las desaprovechadas horas muertas se acumulan en mi memoria queriendo convertirse en bonitos recuerdos que jamás ocurrieron y jamás ocurrirán.
La esperanza, el amor y la gloria tratan de abrirse camino entre las horas muertas, pero siempre llegará ese minuto maldito que te recordará que hoy en día no todos los cuentos de hadas tienen finales felices.
Así que te resignas, porque el tiempo no lo cura todo, como dicen. Porque pasa, y te hace daño una y otra vez arrebatándote lo que más quieres.
El tiempo es tiempo,
es ayer, ahora y mañana.
Es una paradoja.
Es para siempre,
pero a la vez es nunca.
Es un poco de amor,
y otro poquito de odio.
Lo es todo
pero no es nada.
Es luz y sombra, 
luz oscura
o sombras luminosas.
Es una hermosa mentira,
verdadera de vez en cuando,
o verdad a medias.
Es fuego que se enfría
y una mancha que quizás alguna vez
se limpia.


Puede ser todo eso y más, pero lo que es seguro, es mentiroso.
Maldito seas, Tiempo, que me das esperanza y súbitamente me la quitas,
que me haces creer antes de ver, y me condenas,
porque no es el tiempo el que pasa, paso yo. 
Yo lo malgasto, y ahora él me malgasta a mí.






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